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MÁS ÉTICA, MÁS DESARROLLO: LOS DESAFÍOS ÉTICOS DE AMÉRICA LATINA

SEGUNDA PARTE
LOS DESAFÍOS ÉTICOS DE AMÉRICA LATINA
La familia en peligro:
El equilibrio emocional, el desarrollo afectivo y psicológico, la formación en valores, la adquisición de una cultura de salud preventiva, el desarrollo de las calidades intelectuales básicas, todo ello depende de la familia. Esta institución decisiva en la vida y según se sabe hoy de gran peso en el desempeño institucional y macroeconómico de los países, está seriamente amenazada en la región por el avance de la pobreza.
Más desigualdad, más corrupción
Son recursos gigantescos extraídos de los países a través de prácticas que violan la ética y las leyes.Sobre la base de estudios econométricos en más de 100 países, los investigadores concluyen que hay una estrecha correlación entre desigualdad y corrupción. La corrupción, a su vez, es uno de los canales principales multiplicadores de desigualdad. Afecta regresivamente la composición del gasto público, los niveles de inversión, el crecimiento económico y el funcionamiento democrático.
Un fín en sí mismo
Reducir la pobreza juvenil rural y mejorar los niveles de educación y salud en el campo es una deuda ética. Hay demasiado sufrimiento, exclusión y postergación de niños, jóvenes y familias, no admisible moralmente.
Algunas tendencias preocupantes en el campo social
La familia en riesgo
Hay una víctima silenciosa del aumento de la pobreza en la región; es una institución reconocida unánimemente como pilar de la sociedad, base del desarrollo personal, refugio afectivo, formadora de los valores básicos de la familia.
Una sociedad cada vez más insegura
Los latinoamericanos pagan muy caro el deterioro social. Uno de los costos más visibles y duros es el aumento incesante de los índices de criminalidad.
Hora de encarar los mitos sobre la política social
Si los países de la región contaran con políticas sociales integrales, cohesionadas, descentralizadas, cogestionadas con la sociedad civil, participativas, transparentes, con altos estándares de gerencia social, podrían transformarse en medios efectivos de movilización productiva, devolución de dignidad e integración social. Sin embargo, ese camino está dificultado, entre otros planos, por percepciones erróneas sobre el rol y las potencialidades de la política social. Por eso es importante estudiar los mitos.
Primer mito: la superfluidad de la política social
Los hechos indican que es un grave error  considerar superflua a la política social. La acción contra la pobreza es el primer reclamo según las encuestas de la ciudadanía latinoamericana que es, en una democracia, al real depositaria del poder. La ciudadanía quiere políticas sociales agresivas, articuladas, bien gerenciadas, efectivas.
Las experiencias de las últimas décadas en el mundo han demostrado que la política social es además de una respuesta a demandas legítimas, un aspecto fundamental de la acción para un desarrollo sostenible.
Si una sociedad es muy desigual, como la latinoamericana y sus políticas sociales débiles, aún logrando crecimiento, éste casi no permea a los sectores pobres. La política social es una base estratégica para obtener la calidad de crecimiento deseable.
Segundo mito: la política social es un gasto
Cuando se habla de lo social, se refiere a un gasto, recursos que se consumen. La estrecha visión de la política social como gasto debe dar paso a su rol real. Asignar recursos a una política social eficientemente gestionada significa invertir en el desarrollo de las potencialidades y capacidades de la población de un país.
Tercer mito: es posible prescindir del Estado
A las características de superfluas y mero gasto con que se tiende a asociar a la política social, se les suma con frecuencia una tercera: el Estado sería por naturaleza altamente ineficiente. Con ello se cierra un círculo que crea las condiciones  para pensar, como única alternativa, en reemplazar las políticas sociales públicas, por el mercado, en forma total o considerable.
Hay una expectativa que ha crecido por las frustraciones, por políticas públicasactivas, particularmente en el campo social, de que sean gerenciadas con eficiencia y transparencia.
Cuarto mito: el aporte de la sociedad civil es marginal
Así como descalifica a la política social pública, el razonamiento circulante tiende a relativizar las posibilidades de aporte a la acción social de la sociedad civil. El capital social, este recurso formidable  latente en una sociedad, que al mismo tiempo la impregna la solidaridad, marginado por el mito, debe ser rescatado, valorizado e impulsado.
Quinto mito: la descalificación de los pobres
El pobre aparece como el objeto de programas que buscan atenuar impactos económicos y no como un sujeto de programas que buscan atenuar impactos económicos y no como un sujeto que puede hacer aportes importantes y a través de ellos redignificarse.
Frente al mito que desvaloriza a los pobres y se autocumple al profundizar a través de ello su exclusión, surge la posibilidad de una política activa que otorgue poder a sus comunidades y organizaciones.
Sexto mito: el escepticismo sobre la participación
El bloqueo de la participación quita a al política social una vía maestra para mejorar desempeños. Cuando se enfrenta y se supera, los resultados son sorprendentes. Una vigorosa participación comunitaria ha sido la característica de la mayoría de los programas sociales exitosos en la región.
Séptimo mito: resistencia a la cooperación interorganizacional
Otro recurso maestro de la política social, dificultado con frecuencia por los mitos, es el de las cooperaciones interorganizacionales. Una política social eficaz es aquella que ataca efectivamente las causas y no sólo los síntomas de la pobreza. Como éstos son múltiples, se requerirá necesariamente de la acción integrada de diversas organizaciones de diferentes campos. Hace falta sumar gobierno central, regiones, municipios, sociedad civil, organizaciones de los propios pobres. Integrar acciones en las áreas de trabajo, educación, salud, familia y otros.
La Ética de la Urgencia
Urge en América Latina recuperar en su plenitud la política social para llevar adelante la lucha contra los agudos niveles de pobreza que agobian a gran parte de la población, en un continente pletórico en riquezas potenciales.
Frente a sus detractores, la necesidad de una política social vigorosa puede exhibir, junto con su carácter clave para un desarrollo sostenible, una legitimidad ética fundante. Ya los textos bíblicos, pilar de nuestra civilización, no sólo indican que la pobreza es un agravio a la dignidad del ser humano, creación de la divinidad y que las grandes desigualdades atentan contra la moral básica, sino que además prescriben normas detalladas de la política social.
Hay, por otra parte, una consideración ética que debería acompañarnos, no se puede esperar más. Hay una “ética de la urgencia” por aplicar. Muchos de los daños que causa la pobreza son irreversibles. Cada día hay madres que perecen al dar a luz, niños desnutridos cuyas capacidades Neuronales son dañadas para siempre por el hambre, jóvenes sin oportunidades al borde del delito, familias destruidas por la pobreza. El campo social no admite postergaciones como otros. Como lo ha marcado el Papa Juan Pablo II (1999): “el problema de la pobreza es algo urgente que no puede dejarse para mañana”.
En definitiva, tras la necesidad de que Estado y sociedad civil pongan en marcha en América Latina políticas sociales que aseguren nutrición, salud, educación y dignidad de los ciudadanos, se juega una opción ética fundamental: la de escoger entre el camino de la responsabilidad por el otro o el de la insolidaridad.